Se buscan valientes (17ª parte)
Mi celular vibró anunciando la llegada de Barajas. La descarga de adrenalina permanecía y mi cuerpo comenzaba a resentirlo. Unos espasmos en las manos acompañaban el dolor de cabeza.
-¿Dónde esta ese ojete? –preguntó Barajas.
-En el cuarto de limpieza, en el patio de atrás…
Con una mirada tranquila, Barajas se perfiló hacia la parte posterior de la casa. La adrenalina me había vencido, mis piernas se derrumbaron y un sofá de piel amortiguo mi caída, el cansancio me comía vivo. Minutos después una detonación rompió el silencio. Me incorpore y corrí hasta el cuarto de servicio con la SIG en la mano. El pendejo de Barajas le había pegado un tiro en el pecho al pinche chaparro. Al llegar pude ver al enano aferrándose a la vida y la sangre recorriendo los surcos del azulejo blanco.
-¡No mames, cabron! ¡No mames! –No daba crédito a la estupidez que Barajas acababa de cometer.
-Eso le pasa a los pendejos que quieren pasarse de listos…
Debí haber salido de ahí en el instante mismo que Barajas puso un pie dentro de la casa. Ahora era demasiado tarde. Siempre ha sido demasiado tarde.
-No mames… y ahora ¿quien chingados nos va a decir a donde esta Ariadna? –pregunté tragandome el odio que sentía invadiendo mi ser.
-Según este pendejo, Ariadna esta con los otros dos cabrones… en una vecindad que está a dos cuadras del hotel de ayer…
-¿Y qué vamos a ir tocando puerta por puerta o qué chingados? –lo interrumpí con el enojo a flor de piel.
-No te pases de pendejo, pinche chamaco… eso no nos toca a nosotros, eso le toca al comandante… Tu largate para tu casa y ahí te esperas a que te hable.
La mirada de Barajas había cambiado, era una mirada apagada, pensativa, como gasolina esperando un cerillo para hacer explotar todo y mandarnos directo a la chingada, al enano, a mi, a Mora, al Ruso…y a Ariadna.
Sin nada que decir, abandone la casa. La calle estaba muerta, más muerta que el chofer de Mora. A sus vecinos parecía no haberles importado que su hermosa colonia se hubiera convertido en campo de tiro.
Mientras conducía sobre Marina Nacional tuve la necesidad de orillarme. La comida no es buena compañera de la nausea. En mi cabeza se acumulaban las ideas. Paranoia, paranoia. De pronto todos los que me rodeaban portaban un arma, los autos me seguían, los niños eran testigos, y Ariadna gritaba mi nombre desde un pinche cuarto oscuro, tan distante y desconocido como el mismo infierno. No tuve opción. Tomé un gran bocado de aire urbano, me limpie la boca con la manga del saco y busqué mi celular.
-¿Pepo? ¿Dónde estas, cabron?
-¿Qué pedo, pinche Franqui? ¿Necesitas más cois o ya te volviste maricon?
-No, güey. No quiero coca. Necesito que me hagas el paro…
(Continuará...)
miércoles, 4 de noviembre de 2009
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