lunes, 6 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (catorceava parte)
Se buscan valientes (Catorceava Parte)
Por Armando Camacho
Dejé la televisión encendida en mi habitación para que el brillo azul fuera visto desde la calle. Coloqué el sillón junto a la puerta y esperé en la oscuridad. Mi mirada estaba clavada en la puerta, mis oídos en los ruidos del pasillo y mi mano en el arma que me había dado Barajas. Con un movimiento circular, mis dedos rozaban suavemente las letras grabadas en la empuñadura. SIG. Nunca antes había empuñado un arma, pero no dudaría en usarla si alguno de esos patanes tocaba a mi puerta. No podía evitar pensar en Ariadna y en lo que esos hijos de la chingada le pudieran estar haciendo. Entre más lo pensaba más fácil resultaba sostener esa 9mm. entre mis manos.
A las nueve de la mañana la vibración del celular me despertó, el cansancio me había ganado. Era Barajas y estaba llorando.
Esa madrugada, los agentes habían encontrado el cuerpo de una mujer en la habitación de un hotel ubicado en el Centro de la ciudad, entre Izazaga e Isabel la Católica. Unos huéspedes habían llamado a la policía porque el llanto los había despertado. Pensaron que se trataba de una pelea de enamorados. Según reportaron los agentes de la Secretaría de Seguridad Pública, se confirmaba que se trataba del cuerpo desnudo y sin vida de una joven de aproximadamente dieciocho años de edad, complexión delgada y cabello castaño; quien presuntamente había fallecido por múltiples contusiones y quemaduras en todo el cuerpo. Todavía de madrugada, el cuerpo fue trasladado al Servicio Médico Forense, mientras el Ministerio Público iniciaba las averiguaciones.
Él no podía creerlo, y yo tampoco. Barajas y su esposa estaban en camino para reconocer el cuerpo. Yo seguía en shock. Sentí como la habitación me comprimía y la ansiedad me dominaba. El aire se volvió denso y mi mente entró en pánico. Todo aquello era una locura. Mi cuerpo me pedía a gritos escapar de ahí, correr lejos, desentenderme de todo lo que estaba pasando.
Tardé alrededor de una hora en entrar en razón. No era posible que esos tipos hubieran matado a la hija de Barajas, nieta de Antonio Barajas, respetado político de la vieja escuela revolucionaria. Seria un suicidio para todos los que hubieran tenido algo que ver. Todo debía ser un error. Tome la mochila de Ari y arroje dentro la 9mm. junto con la caja de municiones y me dirigí a obtener algunas respuestas en aquel hotel.
Estacioné el auto unas cuadras adelante y entré a una fonda que se encontraba exactamente frente la entrada del hotel. Ordené algo de comer para recuperar las fuerzas. No había nada extraño en aquel lugar, los huéspedes entraban y salían como si nada hubiera ocurrido. Traté de hablar con Barajas pero no contestaba su teléfono. Necesitaba saber si aquella joven era realmente Ari, pero también necesitaba saber quien carajos se la había llevado.
Después de pasar una hora sentado en aquella fonda horrible, me decidí por entrar al hotel. Pagué la cuenta. 50 pesos por unas enchiladas y un café. Me coloqué el saco, acomodé la corbata y me relamí el pelo. El corazón me latía como loco. Tome un gran bocado de aire y entré.
(Continuará…)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario