viernes, 10 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (quinceava parte)
Se buscan valientes (Quinceava Parte)
Por Armando Camacho
Aquel hotel barato era frecuentado por provincianos que visitaban la ciudad, ladrones y prostitutas de la zona, era un sitio donde uno no quería estar mucho tiempo, sobre todo de noche. Pobre Ari. Golpeé el mostrador un par de veces con el puño cerrado pero nadie respondió. Eché un vistazo alrededor y no había ni un alma cerca. Con paso rápido me escabullí buscando la habitación. Tardé unos minutos en localizarla. En su interior sólo había un par de camas, una silla, la televisión, un enorme charco de sangre y ninguna pista aparente. Cuando me disponía a brincar las cintas amarillas un hombre de overol salió del cubo de las escaleras.
-Dígame, Lic. ¿En qué lo puedo ayudar?
-¿Con quién puedo hablar con respecto a la chava que encontraron hoy?
-Aaaah… pos el encargado de la noche ya se fue.
-Uchala…
-…pero si quiere yo lo puedo ayudar. Yo vivo aquí, soy el conserje.
-Perfecto.
-Oiga…pero pos sus cuates que vinieron en la mañanita ya nos preguntaron de tocho.
-¿Cuáles cuates?
-Los polis de la delegación.
El conserje me había confundido con un judicial, probablemente era por el aliento a cebolla cruda y los ojos enrojecidos, sin mencionar el traje arrugado.
-Si, hombre. Lo que pasa es que con tantas cosas que hacer no acabaron de preguntar. Ya ve como son los azules, como les pagan repoquito todo lo dejan a medias. Pero ni modo, ya me hicieron regresar.
-Pos dígame, pa´que soy bueno.
-Na´mas necesito que me corrobore los acontecimientos para completar el cuadro que ya establecieron los agentes de la SSP. ¿Me puede volver a contar lo que sucedió?
-Si, Lic. Pos mire… ayer, un señor medio chaparro y pelón se registró en la mañana, ni subió al cuarto ni nada, na´mas agarró la llave y que se fue. Ya como a las seis llegó con una camionetota blanca y se metió al estacionamiento. Pero venían con él dos tipos que se veían medio gandallas.
-¿Traían chamarras de piel y pantalones de mezclilla azul claro?
-Andele… así mero. Y como a las nueve se salieron con la camioneta y regresaron como a las once.
-¿Y que pasó con el otro tipo?
-Yo estaba barriendo las escaleras y me llamó. Me pidió que fuera a comprar una botella a la esquina y me dio un billete de quinientos. Les traje una de Bacardi y se las subí a su cuarto. El chaparrito me dio veinte varos de propina.
-¿No viste a la muchacha ahí?
-Si mi Lic. Pero pensé que eran unas putas de esas que luego se traen los paisanos cuando vienen de visita. Estaban acostaditas medio encueradas en las camas. ¿Cómo iba yo a saber?
-¡Haber… esperate! ¿¡Como que “estaban encueradas”!? ¿¡Pues cuantas eran!?
-Eran dos. La que se llevaron en la mañana y la otra. Una con una faldita de cuadros y la otra que ya estaba toda encuerada entre las cobijas. Estaban rechulas…
¡Puta madre! La otra chava era Leticia seguramente. El pinche chaparro mandó a esos pendejos y no supieron cual de las dos era Ariadna. Las han de haber agarrado después de que Ari se aburrió de esperar en mi departamento saliendo del cine. No esperaban que estuviera acompañada y se llevaron a las dos. ¡Puta madre!
-¿A cuál de las dos fue la que encontraron en la mañana?
-Pos quien sabe, pero estaba encuerada y tirada en el piso. El señor del cuarto de al lado salió a gritarles porque andaban haciendo un chingo de ruido en la noche y el encargado llamó a la policía como a las siete de la mañana... pero cuando llegó la patrulla ya se habían ido los tipos esos. Pobre chava, la dejaron bien madreada, ni se le veía la cara.
-¡Hijos de la chingada!
-Oiga Lic… la verdad es que a los otros polis no les dijimos nada de la otra chava. El muy cabron del encargado dijo que no había que meternos en pedos que ni eran nuestros… por eso se lo dije ahorita.
La conversación siguió, pero el conserje comenzó a desvariar sobre como la ciudad se había convertido en un sitio peligroso, que su pueblo en Guerrero era el lugar más tranquilo de México y otros tantos asuntos que en realidad me venían valiendo madres.
Le agradecí, estreché su mano y di media vuelta hacia la calle. Caminé a paso rápido hacia mi auto. La camioneta blanca seguramente era la de Mora y el chaparro que contrato a los cabrones esos era su chofer. Siempre que llegaba a la oficina lo encontraba dormido dentro de la camioneta. Como me cagaba ese pinche chaparro. Barajas tenía que saber esto.
(Continuará...)
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