Se buscan valientes (17ª parte)
Mi celular vibró anunciando la llegada de Barajas. La descarga de adrenalina permanecía y mi cuerpo comenzaba a resentirlo. Unos espasmos en las manos acompañaban el dolor de cabeza.
-¿Dónde esta ese ojete? –preguntó Barajas.
-En el cuarto de limpieza, en el patio de atrás…
Con una mirada tranquila, Barajas se perfiló hacia la parte posterior de la casa. La adrenalina me había vencido, mis piernas se derrumbaron y un sofá de piel amortiguo mi caída, el cansancio me comía vivo. Minutos después una detonación rompió el silencio. Me incorpore y corrí hasta el cuarto de servicio con la SIG en la mano. El pendejo de Barajas le había pegado un tiro en el pecho al pinche chaparro. Al llegar pude ver al enano aferrándose a la vida y la sangre recorriendo los surcos del azulejo blanco.
-¡No mames, cabron! ¡No mames! –No daba crédito a la estupidez que Barajas acababa de cometer.
-Eso le pasa a los pendejos que quieren pasarse de listos…
Debí haber salido de ahí en el instante mismo que Barajas puso un pie dentro de la casa. Ahora era demasiado tarde. Siempre ha sido demasiado tarde.
-No mames… y ahora ¿quien chingados nos va a decir a donde esta Ariadna? –pregunté tragandome el odio que sentía invadiendo mi ser.
-Según este pendejo, Ariadna esta con los otros dos cabrones… en una vecindad que está a dos cuadras del hotel de ayer…
-¿Y qué vamos a ir tocando puerta por puerta o qué chingados? –lo interrumpí con el enojo a flor de piel.
-No te pases de pendejo, pinche chamaco… eso no nos toca a nosotros, eso le toca al comandante… Tu largate para tu casa y ahí te esperas a que te hable.
La mirada de Barajas había cambiado, era una mirada apagada, pensativa, como gasolina esperando un cerillo para hacer explotar todo y mandarnos directo a la chingada, al enano, a mi, a Mora, al Ruso…y a Ariadna.
Sin nada que decir, abandone la casa. La calle estaba muerta, más muerta que el chofer de Mora. A sus vecinos parecía no haberles importado que su hermosa colonia se hubiera convertido en campo de tiro.
Mientras conducía sobre Marina Nacional tuve la necesidad de orillarme. La comida no es buena compañera de la nausea. En mi cabeza se acumulaban las ideas. Paranoia, paranoia. De pronto todos los que me rodeaban portaban un arma, los autos me seguían, los niños eran testigos, y Ariadna gritaba mi nombre desde un pinche cuarto oscuro, tan distante y desconocido como el mismo infierno. No tuve opción. Tomé un gran bocado de aire urbano, me limpie la boca con la manga del saco y busqué mi celular.
-¿Pepo? ¿Dónde estas, cabron?
-¿Qué pedo, pinche Franqui? ¿Necesitas más cois o ya te volviste maricon?
-No, güey. No quiero coca. Necesito que me hagas el paro…
(Continuará...)
miércoles, 4 de noviembre de 2009
martes, 14 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (dieciseisava parte)
Se buscan valientes (Dieciseisava Parte)
Por Armando Camacho
Intenté hablar con Barajas pero no respondía. Me encamine hacia la casa de Mora esperando encontrar ahí la camioneta blanca y al maldito chaparro. Me estacioné al inicio de la calle para poder observar tranquilamente sin ser visto. El viento soplaba disipando el calor. El follaje de los árboles y el sol creaban una sombra sobre el auto que aunados a la tranquilidad de la calle comenzaban a arrullarme. El tiempo pasaba lento. Tan lento.
Después de una hora de esperar, una Navigator blanca dobló en la esquina. Era el chofer de Mora y estaba solo. Se detuvo frente a la casa. El motor de la puerta eléctrica se activo y el chaparro estacionó la camioneta. Unos minutos después salió caminando de ahí, enfilándose hacia Reforma.
Mi Renault color vino y yo transitábamos silenciosamente, seguíamos de cerca a ese diminuto hombre que caminaba por debajo de la banqueta. Ignoraba mi presencia hasta que me decidí a cortarle el paso. No había razón para guardar la compostura. Metí el embrague, hice el cambio de velocidad y pise el acelerador a fondo. Un golpe seco rompió la tranquilidad de la calle. El auto levantó a aquel maldito unos cuantos centímetros, su cuerpo dio de lleno contra el cofre y la cabeza golpeó de frente el parabrisas. Unos metros adelante pise el freno, el pinche enano cayó raspándose el rostro con el pavimento. Rápidamente baje del auto con la 9mm en la mano.
-¡Hijo de la chingada! ¡Hijo de la chingada! ¡Hijo de…! –murmuraba mientras se retorcía en el suelo.
-¡¿Donde esta Ariadna, cabron?! ¡Contesta!
-¡Te vale madres!... ¡Chamaco pendejo! –dijo con voz ahogada.
-¡Dime dónde chingados esta Ariadna, cabron! –insistí.
El enano respondió escupiéndome en la cara. La culata de la 9mm acertó dos veces a las costillas de aquel patán. De un tirón lo introduje en el asiento trasero del Renault. Mientras recuperaba el aliento, busqué en sus bolsillos algo que pudiera servirme. Unas cuantas monedas, un celular, una pluma bic y las llaves de la casa de Mora, fue lo que encontré
-¿Quien chingados esta en la casa? –pregunte.
-Ahí no hay nadie. Andas bien perdido, pendejito
Dejé al tipo doblándose de dolor y aceleré. Un par de cuadras adelante, con el corazón en la garganta, intenté llamar nuevamente a Barajas.
-¿Qué pedo, pinche Franco? ¿Dónde andas? No era Ariadna, cabron. No era. –la alegría de que su hija no hubiera sido la chica encontrada en aquel hotel se desbordaba por el teléfono.
-No, no era Ariadna. Era Leticia
-¿De qué hablas?
-Aquí tengo al pinche chaparro, al chofer de Mora, esté cabron es el que contrató a los güeyes que se llevaron a Ariadna… pero los pendejos se equivocaron y también se llevaron a su amiga, Leticia…
-¡Hijos de la chingada!... entonces ella es la del hotel. –lo dijo con un alivio que me provocó asco.
-¿Ya pudieron hablar con Mora?
-No. El ojete no quiere hablar, el muy cabron pidió supervisión a derechos humanos y nadie puede pasar a su cuarto.
-¡Puta madre!... Voy para la casa de Mora. Lo veo ahí. Este pinche chaparro es el que debe de saber donde esta Ari.
El tipo estaba lo suficientemente lastimado como para no levantarse en un buen rato, aun así, lo até con cinta de aislar. La casa de Mora era enorme, una vez más el motor de la puerta eléctrica se accionó y estacioné mi auto sin problema alguno. Una vez adentro, recorrí la casa para asegurarme de que efectivamente no hubiera nadie. Era enorme pero de mal gusto, la personalidad de Mora resaltaba por doquier.
Arrastré al chaparro por la sala, el comedor y la cocina hasta llegar al rincón más apartado de la vivienda. Barajas no tardaría en llegar.
(Continuará...)
viernes, 10 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (quinceava parte)
Se buscan valientes (Quinceava Parte)
Por Armando Camacho
Aquel hotel barato era frecuentado por provincianos que visitaban la ciudad, ladrones y prostitutas de la zona, era un sitio donde uno no quería estar mucho tiempo, sobre todo de noche. Pobre Ari. Golpeé el mostrador un par de veces con el puño cerrado pero nadie respondió. Eché un vistazo alrededor y no había ni un alma cerca. Con paso rápido me escabullí buscando la habitación. Tardé unos minutos en localizarla. En su interior sólo había un par de camas, una silla, la televisión, un enorme charco de sangre y ninguna pista aparente. Cuando me disponía a brincar las cintas amarillas un hombre de overol salió del cubo de las escaleras.
-Dígame, Lic. ¿En qué lo puedo ayudar?
-¿Con quién puedo hablar con respecto a la chava que encontraron hoy?
-Aaaah… pos el encargado de la noche ya se fue.
-Uchala…
-…pero si quiere yo lo puedo ayudar. Yo vivo aquí, soy el conserje.
-Perfecto.
-Oiga…pero pos sus cuates que vinieron en la mañanita ya nos preguntaron de tocho.
-¿Cuáles cuates?
-Los polis de la delegación.
El conserje me había confundido con un judicial, probablemente era por el aliento a cebolla cruda y los ojos enrojecidos, sin mencionar el traje arrugado.
-Si, hombre. Lo que pasa es que con tantas cosas que hacer no acabaron de preguntar. Ya ve como son los azules, como les pagan repoquito todo lo dejan a medias. Pero ni modo, ya me hicieron regresar.
-Pos dígame, pa´que soy bueno.
-Na´mas necesito que me corrobore los acontecimientos para completar el cuadro que ya establecieron los agentes de la SSP. ¿Me puede volver a contar lo que sucedió?
-Si, Lic. Pos mire… ayer, un señor medio chaparro y pelón se registró en la mañana, ni subió al cuarto ni nada, na´mas agarró la llave y que se fue. Ya como a las seis llegó con una camionetota blanca y se metió al estacionamiento. Pero venían con él dos tipos que se veían medio gandallas.
-¿Traían chamarras de piel y pantalones de mezclilla azul claro?
-Andele… así mero. Y como a las nueve se salieron con la camioneta y regresaron como a las once.
-¿Y que pasó con el otro tipo?
-Yo estaba barriendo las escaleras y me llamó. Me pidió que fuera a comprar una botella a la esquina y me dio un billete de quinientos. Les traje una de Bacardi y se las subí a su cuarto. El chaparrito me dio veinte varos de propina.
-¿No viste a la muchacha ahí?
-Si mi Lic. Pero pensé que eran unas putas de esas que luego se traen los paisanos cuando vienen de visita. Estaban acostaditas medio encueradas en las camas. ¿Cómo iba yo a saber?
-¡Haber… esperate! ¿¡Como que “estaban encueradas”!? ¿¡Pues cuantas eran!?
-Eran dos. La que se llevaron en la mañana y la otra. Una con una faldita de cuadros y la otra que ya estaba toda encuerada entre las cobijas. Estaban rechulas…
¡Puta madre! La otra chava era Leticia seguramente. El pinche chaparro mandó a esos pendejos y no supieron cual de las dos era Ariadna. Las han de haber agarrado después de que Ari se aburrió de esperar en mi departamento saliendo del cine. No esperaban que estuviera acompañada y se llevaron a las dos. ¡Puta madre!
-¿A cuál de las dos fue la que encontraron en la mañana?
-Pos quien sabe, pero estaba encuerada y tirada en el piso. El señor del cuarto de al lado salió a gritarles porque andaban haciendo un chingo de ruido en la noche y el encargado llamó a la policía como a las siete de la mañana... pero cuando llegó la patrulla ya se habían ido los tipos esos. Pobre chava, la dejaron bien madreada, ni se le veía la cara.
-¡Hijos de la chingada!
-Oiga Lic… la verdad es que a los otros polis no les dijimos nada de la otra chava. El muy cabron del encargado dijo que no había que meternos en pedos que ni eran nuestros… por eso se lo dije ahorita.
La conversación siguió, pero el conserje comenzó a desvariar sobre como la ciudad se había convertido en un sitio peligroso, que su pueblo en Guerrero era el lugar más tranquilo de México y otros tantos asuntos que en realidad me venían valiendo madres.
Le agradecí, estreché su mano y di media vuelta hacia la calle. Caminé a paso rápido hacia mi auto. La camioneta blanca seguramente era la de Mora y el chaparro que contrato a los cabrones esos era su chofer. Siempre que llegaba a la oficina lo encontraba dormido dentro de la camioneta. Como me cagaba ese pinche chaparro. Barajas tenía que saber esto.
(Continuará...)
lunes, 6 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (catorceava parte)
Se buscan valientes (Catorceava Parte)
Por Armando Camacho
Dejé la televisión encendida en mi habitación para que el brillo azul fuera visto desde la calle. Coloqué el sillón junto a la puerta y esperé en la oscuridad. Mi mirada estaba clavada en la puerta, mis oídos en los ruidos del pasillo y mi mano en el arma que me había dado Barajas. Con un movimiento circular, mis dedos rozaban suavemente las letras grabadas en la empuñadura. SIG. Nunca antes había empuñado un arma, pero no dudaría en usarla si alguno de esos patanes tocaba a mi puerta. No podía evitar pensar en Ariadna y en lo que esos hijos de la chingada le pudieran estar haciendo. Entre más lo pensaba más fácil resultaba sostener esa 9mm. entre mis manos.
A las nueve de la mañana la vibración del celular me despertó, el cansancio me había ganado. Era Barajas y estaba llorando.
Esa madrugada, los agentes habían encontrado el cuerpo de una mujer en la habitación de un hotel ubicado en el Centro de la ciudad, entre Izazaga e Isabel la Católica. Unos huéspedes habían llamado a la policía porque el llanto los había despertado. Pensaron que se trataba de una pelea de enamorados. Según reportaron los agentes de la Secretaría de Seguridad Pública, se confirmaba que se trataba del cuerpo desnudo y sin vida de una joven de aproximadamente dieciocho años de edad, complexión delgada y cabello castaño; quien presuntamente había fallecido por múltiples contusiones y quemaduras en todo el cuerpo. Todavía de madrugada, el cuerpo fue trasladado al Servicio Médico Forense, mientras el Ministerio Público iniciaba las averiguaciones.
Él no podía creerlo, y yo tampoco. Barajas y su esposa estaban en camino para reconocer el cuerpo. Yo seguía en shock. Sentí como la habitación me comprimía y la ansiedad me dominaba. El aire se volvió denso y mi mente entró en pánico. Todo aquello era una locura. Mi cuerpo me pedía a gritos escapar de ahí, correr lejos, desentenderme de todo lo que estaba pasando.
Tardé alrededor de una hora en entrar en razón. No era posible que esos tipos hubieran matado a la hija de Barajas, nieta de Antonio Barajas, respetado político de la vieja escuela revolucionaria. Seria un suicidio para todos los que hubieran tenido algo que ver. Todo debía ser un error. Tome la mochila de Ari y arroje dentro la 9mm. junto con la caja de municiones y me dirigí a obtener algunas respuestas en aquel hotel.
Estacioné el auto unas cuadras adelante y entré a una fonda que se encontraba exactamente frente la entrada del hotel. Ordené algo de comer para recuperar las fuerzas. No había nada extraño en aquel lugar, los huéspedes entraban y salían como si nada hubiera ocurrido. Traté de hablar con Barajas pero no contestaba su teléfono. Necesitaba saber si aquella joven era realmente Ari, pero también necesitaba saber quien carajos se la había llevado.
Después de pasar una hora sentado en aquella fonda horrible, me decidí por entrar al hotel. Pagué la cuenta. 50 pesos por unas enchiladas y un café. Me coloqué el saco, acomodé la corbata y me relamí el pelo. El corazón me latía como loco. Tome un gran bocado de aire y entré.
(Continuará…)
domingo, 5 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (treceava parte)
Se buscan valientes (Treceava Parte)
Por Armando Camacho
Me tomó tiempo recuperar el aliento, pero me tomó aún más tiempo repasar todo lo que había sucedido para entenderlo por completo. A aquellos sujetos los había mandado alguien, pero ¿por qué se meterían con Ari y conmigo? La repuesta me vino a la cabeza tan violentamente como un carro que choca contra un muro. Tome la mochila de Ariadna y salí del departamento. Barajas debía saberlo.
Mientras más me acercaba a mi destino mis extremidades se debilitaban y un leve mareo se apoderó de mí. No tuve mas remedio que detenerme y encender un cigarrillo. Baje la visera y revisé mi rostro en el diminuto espejo, ese no era yo. Al empezar el día yo era un hombre confiado, con esperanzas, de ojos luminosos y una sonrisilla que se dejaba ver de vez en cuando, ahora no reconocía a aquel sujeto del espejo con ojos enrojecidos y una expresión de asco.
Eran las once y media cuando llegue a casa de Barajas. Su esposa estaba llorando en la sala. Lo sabían.
-El pinche Ruso se llevo a mi hija para que se detenga el proceso contra Mora. El ojete de su abogado vino hace un rato. Están pendejos…
-Pues saca a Mora y que suelten a Ariadna. –rompí el silencio.
-¡Ahora… no saco a nadie! ¡Se van a chingar!…
Barajas había puesto a girar los engranes, unos judiciales estaban en camino a casa del Ruso y otros se dirigían con Mora por ordenes de un comandante, amigo de la familia. Tenían ordenes de obtener el paradero de la hija de Barajas a como diera lugar, pero el Ruso se había adelantado, se había largado del país esa misma tarde.
Mientras esperábamos, no tuve más remedio que contarle sobre nuestra relación, sobre los hombres que me habían visitado aquella noche y mostrarle la mochila roja de Ari. Barajas guardó silencio. No dijo ni una palabra. Se levantó y caminó hasta mí.
-¿¡Estabas con ella cuando se la llevaron, cabron!?
-No, yo no sabía nada hasta que esos tipos llegaron…
-¡Puta madre!… Quién sabe con que pinches locos esta.
Tomó un arma del cajón de su escritorio. Cuando lo vi empuñándola supuse que la utilizaría ahí mismo, contra mí, pero no lo hizo.
-Regrésate en chinga a tu departamento. Si regresan esos cabrones, quiero que les metas unos plomazos. ¿Entendiste? -decía mientras me colocaba la pistola en la mano y en la otra una caja de municiones.
-No creo que regresen ahí… no tiene caso
-¡Chingada madre!... ¡Tu regrésate! Le voy a hablar al abogado de Mora y le voy a decir que me acabas de hablar por teléfono, que me diste la descripción de esos güeyes y que tú viste cuando se la llevaron. Vas a ver que van a regresar…
-¡No mames… me van a matar esos cabrones! –objeté fuertemente.
-Ahorita le hablo al comandante Alba para que te mande unos agentes. Vamos a agarrar a esos cabrones.
Bajé la cabeza para pensarlo unos segundos. Tome la mochila roja, arroje dentro el arma y la caja de municiones.
-Ojalá tengas razón. –le dije y desaparecí por la puerta.
(Continuará...)
viernes, 3 de julio de 2009
A vulgar taste of mine (doceava parte)
Se buscan valientes (Doceava Parte)
Por Armando Camacho
El problema de Barajas y el Ruso no era de dinero, eso era seguro, sino de poder. Tal vez el Ruso se había cansado de utilizar a Barajas como intermediario entre los políticos y repartir sus ganancias. O tal vez algún negocio no salió tan bien como esperaban y era momento de usar un chivo expiatorio.
El tiempo de Barajas seguía corriendo, debía hacer algo para quitarse de encima al Ruso y a Mora, y lo hizo. Su amistad con varios diputados le había permitido adelantarse a las acusaciones, una investigación por malversación de fondos se llevaba a cabo a Sunshine S.A., compañía que dirigía Mora, el cual se encontraba arraigado por el momento en un hotel de la colonia Doctores. Era un pequeño aviso para el Ruso, no iba a dejar que esa bola de chamacos pendejos, como decía él, se lo chingaran.
Las seis de la tarde. Ariadna debía estar esperándome en mi departamento para esa hora, trate de llamarla para avisarle que tardaría más de lo esperado pero nunca contestó su celular. El tráfico de la ciudad era inaudito, dos camiones habían chocado sobre División del Norte. Estaba a unas cuantas calles del departamento, así que volví a insistir a su teléfono pero seguía sin responder, no le di importancia y seguí en espera de que liberaran el paso.
Minutos después, al entrar a mi departamento note que todo era silencio, la busqué en cada una de las habitaciones pero Ariadna no apareció. Había estado ahí, su mochila roja sobre el sillón la delataba, dentro encontré su teléfono con la batería casi muerta. Seguramente se aburrió de esperar y se fue al cine con Leticia, era demasiado inquieta como para esperar sentada mi llegada, o tal vez habían pasado toda la tarde recorriendo tiendas, probándose vestidos y zapatos para la foto de generación que les seria tomada la próxima semana.
Antes de que el reloj de la sala marcara las diez de la noche alguien golpeo a mi puerta. Algo soñoliento, me incorpore del sillón y me encamine para responder esperando que fuera Ariadna con un par de vestidos que mostrarme. Quienes habían tocado a mi puerta eran dos hombres malencarados, vestidos con chaquetas de cuero, pantalones de mezclilla y botas de trabajo.
-¿Franco Estrada? –preguntó uno de ellos.
-Si… ¿Qué desean? –no pintaba nada bien aquella visita.
-Es una visita de cortesía… se te avisa que estamos enterados de tu relación con Cinthia Ariadna Barajas.-dijo el sujeto de mayor estatura.
-¿Qué relación? ¿De qué carajos hablan?
-No te hagas pendejo, sabemos que te estas echando a esa chava, la hija de tu jefe…
-¿A quién chingados le importa a quien me este echando? ¿Quién chingados son ustedes para venir a estar jodiendo?
De pronto, un golpe en el estómago me dejo sin aire, al parecer no les habia gustado mi reacción a su amable cortesía.
-Mira pendejo, sólo venimos a decirte que ya sabemos que te la estas echando… y que Barajas se va a enterar muy pronto. –dijo el sujeto que me dejo sin aliento.
-Pos pa´que le corras, cabrón, porque a ese güey no le va a gustar lo que le hiciste a su hijita…-completó su compañero.
Uno de ellos dio media vuelta y se dirigió a las escaleras, el otro lo siguió.
-Si ese cabrón no te mata, dile que lo manda saludar Mora desde su cuarto de hotel. –dijo uno de ellos mientras se perdían por las escaleras y yo seguía inclinado recuperando el aliento.
(Continuará...)
martes, 30 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (onceava parte)
Se buscan valientes (Onceava Parte)
Por Armando Camacho
Ser espía me había dejado una buena ganancia, pero parecía que todo había terminado. Barajas recibió tres meses para poner sus asuntos en orden y entregar la dirección al subdirector de finanzas, Rubén Negrete, mi jefe. En cuanto a mí, Barajas había cumplido su promesa de un ascenso, me recomendó para tomar el puesto de Negrete.
En apariencia todo iba a pedir de boca, la extinción de Barajas me dejaba libre de sospecha, el nuevo puesto incrementaba mis ingresos, Ariadna cada vez estaba más hermosa y el insomnio había desaparecido. Sin embargo, algo extraño ocurría con los últimos pagos transferidos. Empresas argentinas, chilenas y españolas habían depositado enormes cantidades de dinero que de ninguna manera correspondían al pago de nuestros servicios. Algo estaba ocurriendo.
Una semana después, Barajas me despertó a las tres de la mañana, quería verme lo antes posible en su casa. Su voz era diferente, seca. Supuse que era algo relacionado con el dinero que apareció mágicamente en las cuentas.
La oscuridad de la mañana aun cubría la ciudad cuando llegue. Las luces de su estudio estaban encendidas así que marqué a su celular, en menos de un minuto la puerta se abrió. Llevaba una bata color vino y el pelo revuelto, los ojos cansados, como si no hubiera dormido en toda la noche.
-Esos cabrones me quieren chingar. –decía Barajas con una voz profunda e impaciente.
-¿Quienes?
-El pinche Ruso y el ojete de Mora… están metiendo un chingo de dinero, Hacienda no se va a poder hacer de la vista gorda y me van a ensartar, cabron.
Alleister Pyrik, el Ruso, hijo de una canadiense y un ruso arraigados en Cancún, era conocido por ser un empresario exitoso que exprimía dinero de las piedras, también era conocido por las amistades que guardaba, tales como Miguel Mora. El tráfico de influencias nunca me había parecido tan cercano, pero comencé a ver que era moneda común. El Ruso era el director general de la compañía y junto como Mora, director de otra compañía y el contacto con los bajos mundos de la ciudad de México, tenían el control del lavaba el dinero.
-Es que… no entiendo, ¿De qué me esta hablando? Para que chingados es el dinero de las trasferencias de las compañías extranjeras. –le dije.
-Aaaaah no mames, como estas pendejo. Las compañías mandaban dinero desde antes que regresaras a la oficina, nosotros lo mezclamos, invertimos y mareamos a todos y después se los regresamos…
-Entonces… ¿las compañías sabían que estaba saliendo dinero de más en cada pago?
-No mames, pinche Franco, no seas pendejo. Esos ojetes me quieren echar a mi la bolita, cabron. Por eso te puse ahí, por eso… yo sabia que esos ojetes se traían algo. Desde hace cinco meses se pusieron a investigar los gobiernos extranjeros, nos quieren chingar por todos lados y esos weyes no se van a dejar.
-Pero ¿de dónde sale el dinero? ¿De los narcos?
-Pos quien sabe de donde chingados sale, pero de que hay unos cuantos políticos bien metidos, los hay.
Mientras más me adentraba a la historia de Barajas, más lejano me sentía de todo eso, yo nunca había sido un animal político ni mucho menos un ser con sueños de millonario. Mi instinto me gritaba que me largara de ahí y que continuara como si nada hubiera pasado.
De pronto, Ariadna entró a la habitación para despedirse de su padre antes de partir a la escuela, portaba el uniforme de su preparatoria y una mochila roja al hombro. Sus ojos enormes se abrieron aun más al verme ahí dentro, pero disimuló como toda una profesional. Le dio un beso en la mejilla y a mí sólo un apretón de manos. Su indiferencia me dolió. Segundos después un mensaje de texto vibró en mi bolsillo: “Eres un bobo, me asustaste. Te quiero”.
(Continuará...)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

