martes, 30 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (onceava parte)
Se buscan valientes (Onceava Parte)
Por Armando Camacho
Ser espía me había dejado una buena ganancia, pero parecía que todo había terminado. Barajas recibió tres meses para poner sus asuntos en orden y entregar la dirección al subdirector de finanzas, Rubén Negrete, mi jefe. En cuanto a mí, Barajas había cumplido su promesa de un ascenso, me recomendó para tomar el puesto de Negrete.
En apariencia todo iba a pedir de boca, la extinción de Barajas me dejaba libre de sospecha, el nuevo puesto incrementaba mis ingresos, Ariadna cada vez estaba más hermosa y el insomnio había desaparecido. Sin embargo, algo extraño ocurría con los últimos pagos transferidos. Empresas argentinas, chilenas y españolas habían depositado enormes cantidades de dinero que de ninguna manera correspondían al pago de nuestros servicios. Algo estaba ocurriendo.
Una semana después, Barajas me despertó a las tres de la mañana, quería verme lo antes posible en su casa. Su voz era diferente, seca. Supuse que era algo relacionado con el dinero que apareció mágicamente en las cuentas.
La oscuridad de la mañana aun cubría la ciudad cuando llegue. Las luces de su estudio estaban encendidas así que marqué a su celular, en menos de un minuto la puerta se abrió. Llevaba una bata color vino y el pelo revuelto, los ojos cansados, como si no hubiera dormido en toda la noche.
-Esos cabrones me quieren chingar. –decía Barajas con una voz profunda e impaciente.
-¿Quienes?
-El pinche Ruso y el ojete de Mora… están metiendo un chingo de dinero, Hacienda no se va a poder hacer de la vista gorda y me van a ensartar, cabron.
Alleister Pyrik, el Ruso, hijo de una canadiense y un ruso arraigados en Cancún, era conocido por ser un empresario exitoso que exprimía dinero de las piedras, también era conocido por las amistades que guardaba, tales como Miguel Mora. El tráfico de influencias nunca me había parecido tan cercano, pero comencé a ver que era moneda común. El Ruso era el director general de la compañía y junto como Mora, director de otra compañía y el contacto con los bajos mundos de la ciudad de México, tenían el control del lavaba el dinero.
-Es que… no entiendo, ¿De qué me esta hablando? Para que chingados es el dinero de las trasferencias de las compañías extranjeras. –le dije.
-Aaaaah no mames, como estas pendejo. Las compañías mandaban dinero desde antes que regresaras a la oficina, nosotros lo mezclamos, invertimos y mareamos a todos y después se los regresamos…
-Entonces… ¿las compañías sabían que estaba saliendo dinero de más en cada pago?
-No mames, pinche Franco, no seas pendejo. Esos ojetes me quieren echar a mi la bolita, cabron. Por eso te puse ahí, por eso… yo sabia que esos ojetes se traían algo. Desde hace cinco meses se pusieron a investigar los gobiernos extranjeros, nos quieren chingar por todos lados y esos weyes no se van a dejar.
-Pero ¿de dónde sale el dinero? ¿De los narcos?
-Pos quien sabe de donde chingados sale, pero de que hay unos cuantos políticos bien metidos, los hay.
Mientras más me adentraba a la historia de Barajas, más lejano me sentía de todo eso, yo nunca había sido un animal político ni mucho menos un ser con sueños de millonario. Mi instinto me gritaba que me largara de ahí y que continuara como si nada hubiera pasado.
De pronto, Ariadna entró a la habitación para despedirse de su padre antes de partir a la escuela, portaba el uniforme de su preparatoria y una mochila roja al hombro. Sus ojos enormes se abrieron aun más al verme ahí dentro, pero disimuló como toda una profesional. Le dio un beso en la mejilla y a mí sólo un apretón de manos. Su indiferencia me dolió. Segundos después un mensaje de texto vibró en mi bolsillo: “Eres un bobo, me asustaste. Te quiero”.
(Continuará...)
miércoles, 24 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (decima parte)
Se buscan valientes (Decima Parte)
Por Armando Camacho
La pintura de las paredes estaba desgastada, como si el sol se la hubiera tragado. El único sillón cubierto de una gruesa capa de polvo así como la televisión, pero Ariadna no le dio la menor importancia, me tomó de la mano y me arrastró por todo el pasillo hasta llegar a la habitación, era como si de antemano conociera el lugar. Me empujó hacia adentro y me tumbó sobre la cama. Mientras yo miraba idiotizado desde la orilla de la cama ella comenzó sacarse la blusa bajo el marco de la puerta, se acercó y se sentó en mis piernas, tomó con sus manos mi cabeza y la restregó en sus pechos. No aguanté más, desabotoné su pantalón y lo arranqué, alcé sus largas piernas y hundí mi rostro en su pubis. Nuevamente postré mi rostro en sus pechos y acaricie sus pezones con mi lengua. Con mis manos sobaba sus piernas y apretaba sus nalgas. Ella giró y yo quede abajo, me besaba el cuello y me cerraba los ojos con la palma de su mano. Mordía mi oreja y jugaba con su mano dentro de mi pantalón.
De pronto se detuvo. Acercó su boca a mi oído y dijo:
-Ojalá no te enojes, pero le dije a mi papá que me iba a quedar a dormir con Leticia... ya ves que dejan mucha tarea en la escuela.
A las seis cuarenta y cinco de la mañana desperté sobresaltado. En un principio desconocí el lugar pero inmediatamente su aroma llegó a mi nariz y lo recordé todo. Ariadna dormía a mi lado tranquilamente, sus clases comenzaban en quince minutos pero no me atreví a despertarla, pensé que tal vez podríamos eludir la cotidianidad, dormir un par de horas más, reportarnos enfermos y seguir lo que comenzamos la noche anterior. Ari abrió sus enormes ojos y me jaló de nuevo a la cama, probablemente ella había pensado lo mismo mucho antes que yo.
Ariadna me despertó brincando sobre la cama y gritando que tenía hambre, era más de medio día y el romance había desaparecido. Aún con la vista nublada logre percatarme de su desnudez, incluso su silueta borrosa era hermosa. Cuando me incorporé se abalanzó sobre mi y me beso. Hicimos el amor nuevamente un par de veces antes de que el hambre nos traicionara. Tuvimos que vestirnos y salir.
Entramos a un Sanborns ubicado en División del Norte y Eje 6. Ariadna revisó su celular en caso de que su madre hubiera llamado, pero no lo hizo. En cambio, en mi celular había cinco llamadas de mi jefe y otras tantas de Barajas.
-Creo que tu papá me extraña más a mí que a ti. –le dije
-Eres un tonto…-me ignoró porque la comida había llegado, o probablemente porque sabía que era cierto.
Había escogido el peor día para faltar al trabajo, o tal vez el mejor. Barajas había sido despedido aquella mañana. De entre todas sus corruptelas que había cometido, el despido no había sido causado por ninguna de ellas, sino por la crisis. La compañía no podía darse el lujo de mantener en su nomina a personas tan poco productivas y con sueldos tan grandes.
Las llamadas de Barajas eran para invitarme a su despedida que se había organizado en El León de Oro, su cantina preferida. Mientras Barajas se despedía de su puesto con tequila, yo regresaba a mi departamento con su hija.
(Continuará...)
martes, 23 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (novena parte)
por Armando Camacho
Ariadna se metió en mi vida tan rápido que no lo noté. Comenzó a aparecerse en la oficina un par de veces a la semana con excusas poco creíbles pero que aprendí a agradecer con tal de pasar la tarde con ella y en poco tiempo la tenía pasando la noche a mi lado. Para la primera semana de febrero Ari contaba con una copia de la llave de mi departamento. Era increíble llegar a un espacio tan vació y encontrarlo repleto de vida. Las mentiras a sus padres parecían no tener consecuencias, estaban tan ocupados con sus vidas que el no tener que preocuparse por ella era una distracción menos.
La primera noche que pasamos juntos inició en un pequeño restaurante de la Condesa. Era un miércoles y el clima era precioso para una noche de invierno. Ella ordenó ravioles para los dos y un vino tinto de la casa. Celebrábamos su admisión a la universidad, no era que a ella le emocionarán esas cosas pero era un paso más hacia su libertad, como ella decía. Ari es muy diferente a mi ex esposa, a ella no le interesa el dinero, por lo menos no el mío. Es educada e inteligente. Parece haber sido criada en otro mundo, con los ojos bien abiertos.
Ahí estábamos, dos personas sin etiquetas, cenando en un restaurante sobrevaluado, haciendo bromas y conversando sobre la filmografía de James Dean. Me miraba con sus enormes ojos de avellana y una sonrisa que me mataba. Bajo la mesa, el espacio iba muriendo lentamente, su rodilla comenzó a rozar mi pierna y sus manos jugaban con las mías.
-Vamonos, ¿no?-dijo ella justo cuando el mesero regresaba con el recibo de la cuenta, yo sólo atiné a asentir con la cabeza. Estaba un poco ebria, se notaba en su caminar.
Arriesgando nuestras vidas dimos un paseo en aquella colonia de viejos edificios, ella mirando fijamente al piso y yo mirándola a ella. A pesar de ser invierno, el frió no me tocaba, sentía la sangre fluir con gran ímpetu desde los pies hasta la cabeza. Cabellos ensortijados, ojos cafés y esa delgadez que siempre la distinguió. Era emoción, algo que no sentía desde hacía años.
Ella se afianzó de mi brazo y no parecía querer dejarlo ir.
-Que bueno que me invitaste a cenar, me gustó mucho el lugar… -suspiró.
-La compañía se merece un diez, pero los ravioles un cinco.
-Eres un payaso, estaban ricos… pero de todos modos a mi también me gustó más la compañía. Todavía me alegro que nos hayamos encontrado ese día en la cafetería, tengo muy buen tino para las casualidades, ¿no crees?
-Pues…no termino de entender muy bien las casualidades, por ejemplo ¿Qué haces tu aquí, conmigo, un miércoles por la noche? Si tu padre se entera, me corre y luego me manda a matar –ella rió
-Eres un ridículo. Si se entera primero me grita a mi y después te corre. –no pudo contener una enorme carcajada.
La conversación continúo por bastante tiempo sobre coincidencias e historias de familiares. Al término del paseo, justo antes de marcharnos, se abalanzó sobre mí y nos besamos, fue algo inesperado, apasionado, ridículamente juvenil.
Ella insistió en conocer a mi departamento, trate de persuadirla pero no hay quien se niegue a sus caprichos. En menos de veinte minutos habíamos llegado. La tome por la cintura y caminamos hasta la entrada después de estacionar mi auto. Subimos hasta el tercer piso. 302. El número de mi hogar, un pedazo de aire que absorbe dinero como esponja.
(Continuará...)
jueves, 18 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (octava parte)
Por Armando Camacho
Los desfalcos a las compañías extranjeras seguían ocurriendo. El dinero era repartido a las cuentas de los interesados por mi jefe directo, pero incluso él, no sabía que yo era el pequeño espía de Barajas. Cada semana le entregaba una hoja con el seguimiento del dinero y a cambio de eso, Barajas, me entregaba el 1% de cada uno de sus depósitos. No era mal trato, dos veces al mes recibía diez mil dólares en mi cuenta, transferencia directa de la computadora personal de Barajas.
Barajas se empeñaba en seguir diciendo que hacían falta más hombres como yo, valientes, que no le tuvieran miedo al éxito. Tal vez se refería a que faltaban más idiotas que no tuvieran nada que perder por un rato de diversión y una lana.
A pesar de la tranquilidad que nuestro pequeño negocio transpiraba, no podía dejar de pensar que Barajas es un hijo de la chingada. No confío en nadie, no es nada personal sino cultural. Es imposible confiar en alguien que ha sido educado en la corrupción y la mediocridad, y Barajas era el ejemplo perfecto.
(Continuará...)
domingo, 14 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (septima parte)
Por Armando Camacho
Eran alrededor de las seis de la tarde y la lluvia comenzó a azotar el este de la ciudad, muchos corrían a refugiarse bajo los anuncios de los negocios y otros corrimos a la cafetería que se encontraba enfrente. Alma y yo recién salíamos del trabajo, las caminatas diarias al finalizar el día se volvieron comunes, eran una vulgar excusa para acompañarnos unos minutos más ya que parecía estar pasando algo entre nosotros desde mi regreso a la oficina. Ella llevaba una falda café de lana que dejaba al descubierto sus bien delineadas pantorrillas y su diminuta cintura, una blusa blanca con un escote delirante, pero lo más impactante en ella era su sonrisa y lo bien que sabia usarla para desarmar a cualquiera.
Entramos a la cafetería para escondernos de la lluvia, ella escogió una diminuta mesa junto al enorme aparador donde se leía: “Cafetería Moz”. Pedimos un par de capuchinos y charlamos durante quince minutos antes de que su novio, futuro esposo, comenzara a romper el encanto con llamadas obsesivas a su celular con las que amenazaba con recogerla en cualquier momento en la parada del autobús.
Se levantó de la mesa antes de que los cafés llegaran y se despidió con un leve roce de sus labios sobre mi mejilla. Me ofrecí a pagar por los cafés mientras la veía atravesar la enorme puerta de cristal. Probablemente su futuro esposo era uno de esos hombres que piensan que tener el cariño de una mujer equivale a confiar en ella.
Unos segundos después llegaron los cafés a manos de una mujer que me recordó a mi madre, no tuve el corazón para devolverlos. La cafetería estaba a reventar y había personas esperando de pie por una mesa. De pronto, una chica con uniforme
escolar que había entrado mientras Alma salía, se acercó y me dijo:-Amigo, te tengo una solución.
-¿Amigo? ¿Solución? –pensé. La mire sin saber de que hablaba.
-A ti te sobran una silla y un capuchino y a mi me falta un lugar para sentarme y un capuchino para quitarme el frió. –respondió con una enorme sonrisa.
No supe que responder. En ese instante un hombre salió del lugar y una corriente de aire helado entró. Termine extendiéndole la mano para que se sentará.
-Hola…me llamo Ari y ¿tu?
-Franco
-Yo voy a la prepa, supongo que tu trabajas por aquí, ¿no? Llevaba el uniforme de Santa Maria, un colegio de monjas bastante conocido. Seguramente era hija de algún empresario.
-Si, trabajo como a dos cuadras de aquí. –contesté mientras ella endulzaba el café de Alma con un sobrecito de Canderel y chupaba la espuma de la cuchara.
-Aaaaaaah, y ¿qué haces?, te ves muy joven para ser jefe pero bastante crecidito como para mensajero, aunque seguramente si trabajas por aquí ha de ser algo con números y dinero, tienes cara de contador… Aaaaaaaah, ya se, trabajas en un banco…-Su cara me parecía conocida.
-No… bueno, si trabajo con dinero, pero no es un banco es una…
-Tsssss… pues yo que tu mejor me salía de ahí, ya te están haciendo la cara de banquero…bueno, aunque cualquiera que se dedique trabajar diario con dinero no puede ser muy decente que digamos, ¿no crees?
- Oye… ¿no crees que es peligroso hablarle a alguien que ni conoces? Ademas, ¿cuántos años tienes? No creo que sea bien visto que una chava con uniforme de escuela de monjas…
-Cálmate. Es sólo un uniforme.
-Pero…
-Ademas, sólo estamos platicando y ya tengo 18 años, bueno… 17 pero en dos meses cumplo 18. -interrumpió ella.
Lo pensé durante un momento y tenia razón, era un miércoles por la tarde y sólo éramos un par de personas que platicábamos en un a cafetería esperando a que la lluvia finalizara, además, seguramente una de sus amigas entraría a buscarla en cualquier momento o incluso su novio, y se marcharía. Además, algo familiar habia en ella y pronto lo supe. Era Cinthia, la hija de Barajas.
-Oye… ¿cómo me dijiste que te llamas? –le pregunté para cerciorarme y ella se echo a reír, no podía negarlo, era la hija de Barajas, el escándalo la delató.
-Vayaaaa, por fin te acordaste de mi, eres una mala persona.
-Es que no te reconocí vestida así…además me dijiste otro nombre. -trate de defenderme con una sonrisa en la cara.
-Es que me llamo Cinthia Ariadna, pero me gusta más que me digan Ari. –contestó mientras levantaba la humeante tasa de café.
(Continuará...)
sábado, 13 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (sexta parte)
Se buscan valientes (Sexta Parte)
Por Armando Camacho
Dos semanas han pasado desde que volví a la oficina, sigue siendo la misma oficina, con las mismas personas y los mismos muebles, sin embargo algo ha cambiado. Mi actitud. No me encuentro trabajando contra reloj ni trato de satisfacer a mi jefe, mi meta no es superar a nadie ni obtener un aumento o el puesto de alguien, no trato de fastidiar a nadie ni permito que nadie me fastidie. Solía pasar el día completo en mi cubículo, interrumpiendo sólo por algunas idas al baño, juntas y la hora de comer. Evitaba a mis compañeros, justo como cuando era niño; pero no más, ya no los evito, de hecho ahora disfruto su compañía, me rió de sus bromas y ellos de las mías, aunque sea por compromiso.
De todo el grupo de personas del piso siete, he notado que la contadora más joven, Alma, me mira cuando piensa que estoy distraído, ríe mucho con mis bromas, me busca constantemente para preguntarme cosas de su trabajo y a pesar del poco tiempo que llevamos de conocernos ha jugado con mi cabello un par de veces mientras platicamos. Creo que me encuentra interesante, tal vez nunca había conocido a un sujeto que no hable de fútbol y que prefiera ir a dormir los viernes en vez de embriagarse.
Otra persona que había llamado mi atención era Barajas, creo que trata de guardar las apariencias evitando acercarse, no ha vuelto a hablar de las transferencias y cuando necesita algo de mi, lo solicita a mi jefe inmediato. El martes pasado al llegar por la mañana encontré un teléfono celular en mi cajón con una nota que decía: “Para emergencias”. Ese mismo noche recibí una llamada, era Barajas y quería discutir algunos detalles de una transferencia que se realizaría por la mañana. Sonaba nervioso, tal vez su sangre fría sólo sirva para enfriar el alcohol que bebe porque para los fraudes tengo mis dudas.
Después de repasar sus instrucciones varias veces, me di cuenta que mi presencia no era necesaria en ninguno de los pasos del desfalco. Yo seria un simple espectador, era su espía privado para monitorear que los demás involucrados cumplieran con su parte, ninguno de ellos sabia de mi ni de las instrucciones de Barajas, sería un fantasma.
(Continuará...)
jueves, 11 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (quinta parte)
Por Armando Camacho
Recuerdo que de niño, y hasta que deje de serlo, mi padre me hizo sentir un fracasado. Crecí mirando caras aburridas e insensibles. En realidad, mis primeros recuerdos están teñidos de miedo e incertidumbre. Odiaba estar solo, me aterrorizaba la oscuridad y mucho más a la hora de ir a dormir. Nunca me gustaron los juegos y evitaba a mis compañeros siempre que podía.
Mis padres se divorciaron cuando cumplí seis años, a los dieciséis mi madre me echó de su casa porque encontró cocaína en mi pantalón de la escuela. Después de un corto exilio de cuatro años en casa de mi abuela en Michoacán, regrese a la ciudad de México, ingrese en la universidad y ocupé un cuarto en la casa de la nueva familia de mi padre; sin embargo, las cosas estaban cada vez peor, tarde o temprano la gente siempre terminaba decepcionándome.
Crecí y estar solo no me preocupaba más. Conseguí un trabajo. Alquilé un departamento en una zona clase mediera. Todo mi esfuerzo lo puse en ocupar un puesto más alto para poder satisfacerte, mi amor.
Diez años despues sigo rentando el mismo departamento, me case con la mujer más vengativa que he conocido, y ahora no quieres ni verme; no he tenido hijos, una de las razones por la cual me pediste el divorcio. Siempre peleando por dinero y lujos, amabas el estatus, los autos y no soportabas quedarte atrás en nada, lo querias todo y yo sólo queria una vida sencilla. Todo esto es más o menos lo que mis padres esperaban que sucediera conmigo, a pesar de sus grandes esfuerzos de aterrorizarme de pequeño sobre lo mal que la pasaría sino me convertía en alguien de buena posición.
Desde que te fuiste todos los días de la semana eran indistintos, horas interminables de trabajo y un estado de ansiedad y agobio, arrastrándome a fines de semana solitarios, aletargados, adornados con pastillas, polvos y algún disco de los Smiths. Siempre sentado frente a la televisión, ahí, recorriendo con los dedos los botones del control remoto. Escuchando los leves sonidos del reloj del cuarto contiguo, uno tras otro, resonando en mi cabeza, marcándome el ritmo. Con el fulgor azulado de la pantalla haciéndome parecer mas vivo de lo que en realidad estaba.
Afortunadamente creo que estoy mejorando, ya no pienso a toda hora en ti, sólo en ocasiones. Además, el nuevo trabajo me ha llevado por un rumbo que desconocía, según Barajas hacen falta más tipos como yo, capaces de aceptar lo que llegue; y al parecer Alma, la joven contadora siente una fascinación por los sujetos despreocupados con personalidad kamikaze, y uno de esos, mi amor, soy yo.
(continuará...)
miércoles, 10 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (cuarta parte)
Se buscan valientes (Cuarta Parte)
Por Armando Camacho
Desperté a primera hora del lunes, desempolvé mi atuendo de oficinista, adorno de mi closet. Me disponía a desayunar algo pero me percate de que la comida no aparece sólo porque uno desee comer, y a decir verdad, la falta de comida estaba minando mi cordura. El dinero no era problema, en el banco contaba con una modesta cantidad consecuencia de mi despido, pero el dinero no compra voluntad, y a mi la voluntad se me acabo hace tiempo.
“Visitante” se leía en el hermoso gafete azul que el vigilante me había obligado a usar y en las paredes de espejo del ascensor se observaba una capa de polvo en mis zapatos y que mi cabello necesitaba un corte. En cuanto entré al piso siete no pude evitar las caras familiares, mientras caminaba a la oficina de Barajas muchos saludaban, extrañados por mi regreso. La visita a Barajas fue mínima, la calidez del día anterior había desaparecido, se dedico a mirar todo el tiempo al monitor y a imprimir la orden de contratación, para cuando di un paso fuera de su oficina, la hoja todavía guardaba el calor de la impresora.
No me molestó su indiferencia, pero sus últimas palabras serán difíciles de olvidar:
-Vamos a ganar mucha lana, cabron, un chingo de lana, nos los vamos a chingar bien rico. –dijo con una enorme sonrisa que dejaba adivinar la emoción que le provocaba toda aquella situación que se aproximaba.
La carta anunciaba mi contratación en el área financiera de la empresa, específicamente en la encargada de verificar las transferencias internacionales. La fuente del dinero se vislumbraba fuerte y clara.
Para las diez de la mañana me encontraba fuera de aquel edificio, hambriento y dispuesto a cojerme a los inversionistas.
(Continuará...)
domingo, 7 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (tercera parte)
Se buscan valientes (Tercera Parte)
Por Armando Camacho
-Alguien mato la noche. –balbuceaba un vagabundo en aquella avenida de viejos edificios del centro de la ciudad. -La mataron, la mataron…
El frió de la noche era intenso, diciembre seguía haciéndose sentir a cada paso y mi camisa no era lo suficientemente gruesa para evitarlo. Después de pasar la tarde con Barajas decidí despedirme y caminar un rato. Debía despejar la mente, la mayor parte de las palabras que salieron de su boca no tenían sentido, pero fueron las ultimas palabras las que me confundieron.
Apresuré el paso hacia la entrada del metro Bellas Artes. Con un poco de esfuerzo alcanzaría el último de la noche y estaría en mi cama antes de la una de la mañana. Antes de entrar me detuve unos segundos a darle mate al cigarro que humeaba en mi boca, lo tire al piso y lo extinguí con la suela de mi bota. Ágilmente me deslice por las largas escaleras esquivando a un par de vagos que pedían limosna.
Una vez en el anden me dedique a contar las monedas de mi bolsillo, no eran muchas, a penas lo suficiente para llegar a casa. A unos cuantos pasos de mi se encontraba un señora que miraba al piso, el cansancio se notaba a leguas. Del otro lado había un grupo de tres muchachos, bastante más jóvenes que yo. Dos de ellos discutían escandalosamente mientras el tercero, recargado en la pared, los observaba.
De pronto, la angustia de encontrarme lejos de mi departamento me invadió. Inserto un cigarrillo en mi boca y lo enciendo. No puedo esperar a llegar, pero la idea de encontrarme con las luces apagadas me inmoviliza ante tanta soledad que me espera, un diminuto departamento que seguramente me devorará en poco tiempo. De pronto, la propuesta de Barajas no parecía tan mala idea. Sería una manera de volver a empezar, pero ahora en un camino conocido.
Una semana es el tiempo de gracia que me dio para decidirme a regresar a la oficina, al parecer me devolvía mi empleo con la promesa de una promoción en menos de seis meses, pero nada es gratis, mucho menos viniendo de él.
(Continuará...)
sábado, 6 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (segunda parte)
Se buscan valientes (Segunda Parte)
Por Armando Camacho
El reloj seguía corriendo sin darme descanso y el sonido de las manecillas iba en aumento. Alrededor de las diez de la mañana me decidí por tomar una ducha y salir. Una camisa azul a cuadros, unas botas viejas y unos pantalones azules casi nuevos. Tomé las llaves de entre las cenizas de cigarro y metí el teléfono en mi bolsillo.
Mientras miles de autos avanzaban frente a mí, detrás de mí, junto a mí, no podía dejar de pensar en ella, en ti. Tomé el autobús. Personas respirándome encima y otros transpirándome a quemarropa. Durante el viaje no puedo evitar sentirme confundido, hace más de 6 meses que me encuentro sin trabajo, un año sin ti, cuatro días sin comer y más de dos semanas sin fumar. He de confesar que la semana pasada todavía me levante tremendamente extrañado y malhumorado por haber soñado contigo, pero hoy no tengo tiempo ni de respirar, mucho menos de pensar en ti. Decidí bajar y caminar, Barajas me estaba esperando y el trafico se burlaba de mi prisa.
Unas cuadras más adelante sentí el invierno acercarse sigilosamente a mis espaldas, se escondía y jugaba a no ser visto pero es inevitable no sentir su presencia cuando el frió trepa por mi rodilla lesionada. Un año más se aproxima a su fin y personas vienen y otras van, algunos regresan y otro no miran atrás, como tu. Lamentablemente pocas son las personas que realmente valen la pena recordar, nos olvidaremos mutuamente y será como si no hubiésemos convivido, camaradería instantánea y desechable.
Barajas era una de esas personas que no son fáciles de olvidar, pero que tampoco son muy necesarias en la vida de uno. Me contrató siete años atrás y me despidió hace seis meses, y ahora me invita a su casa porque dice que yo era como el hijo que nunca tuvo. Probablemente lo decía porque yo era de las únicas personas que escuchaban sus historias de grandeza y juventud, mucho antes de que le creciera la panza, quedará calvo y tuviera una esposa que lo exprimiera.
Cinthia, su hija, abrió la puerta con una sonrisa, me guió hasta la sala y desapareció. Barajas no perdía el tiempo, me recibió con un tequila y no tuve más remedio que beberlo. Después de una platica poco interesante, y definitivamente nada profunda, donde resaltó lo “madreado” que me veía y lo mal que me sentó el despido, me invitó a ir a su despacho.
Barajas no era el típico jefe que uno tiene en una oficina, mucho menos en un área de auditoria. Barajas era el hijo rebelde de un político, adicto a los trajes caros y a los relojes aun más caros, alcohólico desde los quince años y la decepción de su padre por negarse a seguir sus pasos y escoger un trabajo de horario fijo, una “vida pequeña y miserable”, como solía decir su padre.
Probablemente las palabras de su padre fueron las que lo orillaron a tener una gran colección de armas desplegadas en aquella enorme oficina, la mayoría de ellas regalos de políticos, amigos de la familia.
(Continuará...)
viernes, 5 de junio de 2009
A vulgar taste of mine (primera parte)
Se buscan valientes (Primera parte)
Por Armando Camacho
Esa noche la lluvia me atrapó en mi departamento. Hacía tanto tiempo que no tenia conciencia, tanto, que no recuerdo cuando fue la última vez que vi la ciudad paralizada por los vientos y el agua que lo cubre todo; el sonido de los autos y la risa de los niños jugando en el aguacero hacían la tarde más nostálgica para un individuo como yo.
El dolor estomacal atravesó directo hasta el sueño. Era puntual, maliciosamente puntual; el celular seguía sonando y yo seguía bajo las sabanas, mi cuerpo helado y mi mente lejana. Al despertar lo primero que noté fue la boca seca, lo segundo fue que la habitación era un desastre. Caminé descalzo hasta la cocina y bebí agua directamente del grifo. La semana no fue buena, se dedico a maltratarme.
Minutos después, de regreso en la cama, me enterré de nueva cuenta entre las cobijas, escondiéndome del sol que penetraba tímidamente por el ventanal, como si adivinara que no es bienvenido a tan tempranas horas del domingo. El radio sonando desde hacia más de quince horas y el viento helado acurrucándose conmigo. El celular repiqueteaba insistentemente y yo me seguía negando a contestarlo.
En mi cama convivimos el polvo, la mugre, mil objetos y yo. Parece una eternidad desde que me cortaron el teléfono y estoy en espera de que la corriente eléctrica me abandone como lo hiciste tú, mientras eso pasa, la televisión esta encendida 24 horas al día obsequiándome un hermoso brillo azul y el reloj contándome el tiempo ocioso con su segundero. El pelo y la barba me han crecido, las arrugas se han acrecentados y las ojeras son mas obscuras, las promesas engañaron y yo me sigo revolcando en la misma cama, dando vueltas en el mismo departamento.
(Continuará...)

