martes, 23 de junio de 2009

A vulgar taste of mine (novena parte)

Se buscan valientes (Novena Parte)
por Armando Camacho

Ariadna se metió en mi vida tan rápido que no lo noté. Comenzó a aparecerse en la oficina un par de veces a la semana con excusas poco creíbles pero que aprendí a agradecer con tal de pasar la tarde con ella y en poco tiempo la tenía pasando la noche a mi lado. Para la primera semana de febrero Ari contaba con una copia de la llave de mi departamento. Era increíble llegar a un espacio tan vació y encontrarlo repleto de vida. Las mentiras a sus padres parecían no tener consecuencias, estaban tan ocupados con sus vidas que el no tener que preocuparse por ella era una distracción menos.

La primera noche que pasamos juntos inició en un pequeño restaurante de la Condesa. Era un miércoles y el clima era precioso para una noche de invierno. Ella ordenó ravioles para los dos y un vino tinto de la casa. Celebrábamos su admisión a la universidad, no era que a ella le emocionarán esas cosas pero era un paso más hacia su libertad, como ella decía. Ari es muy diferente a mi ex esposa, a ella no le interesa el dinero, por lo menos no el mío. Es educada e inteligente. Parece haber sido criada en otro mundo, con los ojos bien abiertos.

Ahí estábamos, dos personas sin etiquetas, cenando en un restaurante sobrevaluado, haciendo bromas y conversando sobre la filmografía de James Dean. Me miraba con sus enormes ojos de avellana y una sonrisa que me mataba. Bajo la mesa, el espacio iba muriendo lentamente, su rodilla comenzó a rozar mi pierna y sus manos jugaban con las mías.

-Vamonos, ¿no?-dijo ella justo cuando el mesero regresaba con el recibo de la cuenta, yo sólo atiné a asentir con la cabeza. Estaba un poco ebria, se notaba en su caminar.

Arriesgando nuestras vidas dimos un paseo en aquella colonia de viejos edificios, ella mirando fijamente al piso y yo mirándola a ella. A pesar de ser invierno, el frió no me tocaba, sentía la sangre fluir con gran ímpetu desde los pies hasta la cabeza. Cabellos ensortijados, ojos cafés y esa delgadez que siempre la distinguió. Era emoción, algo que no sentía desde hacía años.

Ella se afianzó de mi brazo y no parecía querer dejarlo ir.
-Que bueno que me invitaste a cenar, me gustó mucho el lugar… -suspiró.
-La compañía se merece un diez, pero los ravioles un cinco.
-Eres un payaso, estaban ricos… pero de todos modos a mi también me gustó más la compañía. Todavía me alegro que nos hayamos encontrado ese día en la cafetería, tengo muy buen tino para las casualidades, ¿no crees?
-Pues…no termino de entender muy bien las casualidades, por ejemplo ¿Qué haces tu aquí, conmigo, un miércoles por la noche? Si tu padre se entera, me corre y luego me manda a matar –ella rió
-Eres un ridículo. Si se entera primero me grita a mi y después te corre. –no pudo contener una enorme carcajada.

La conversación continúo por bastante tiempo sobre coincidencias e historias de familiares. Al término del paseo, justo antes de marcharnos, se abalanzó sobre mí y nos besamos, fue algo inesperado, apasionado, ridículamente juvenil.

Ella insistió en conocer a mi departamento, trate de persuadirla pero no hay quien se niegue a sus caprichos. En menos de veinte minutos habíamos llegado. La tome por la cintura y caminamos hasta la entrada después de estacionar mi auto. Subimos hasta el tercer piso. 302. El número de mi hogar, un pedazo de aire que absorbe dinero como esponja.

(Continuará...)

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