sábado, 6 de junio de 2009

A vulgar taste of mine (segunda parte)


Se buscan valientes (Segunda Parte)
Por Armando Camacho

El reloj seguía corriendo sin darme descanso y el sonido de las manecillas iba en aumento. Alrededor de las diez de la mañana me decidí por tomar una ducha y salir. Una camisa azul a cuadros, unas botas viejas y unos pantalones azules casi nuevos. Tomé las llaves de entre las cenizas de cigarro y metí el teléfono en mi bolsillo.

Mientras miles de autos avanzaban frente a mí, detrás de mí, junto a mí, no podía dejar de pensar en ella, en ti. Tomé el autobús. Personas respirándome encima y otros transpirándome a quemarropa. Durante el viaje no puedo evitar sentirme confundido, hace más de 6 meses que me encuentro sin trabajo, un año sin ti, cuatro días sin comer y más de dos semanas sin fumar. He de confesar que la semana pasada todavía me levante tremendamente extrañado y malhumorado por haber soñado contigo, pero hoy no tengo tiempo ni de respirar, mucho menos de pensar en ti. Decidí bajar y caminar, Barajas me estaba esperando y el trafico se burlaba de mi prisa.

Unas cuadras más adelante sentí el invierno acercarse sigilosamente a mis espaldas, se escondía y jugaba a no ser visto pero es inevitable no sentir su presencia cuando el frió trepa por mi rodilla lesionada. Un año más se aproxima a su fin y personas vienen y otras van, algunos regresan y otro no miran atrás, como tu. Lamentablemente pocas son las personas que realmente valen la pena recordar, nos olvidaremos mutuamente y será como si no hubiésemos convivido, camaradería instantánea y desechable.

Barajas era una de esas personas que no son fáciles de olvidar, pero que tampoco son muy necesarias en la vida de uno. Me contrató siete años atrás y me despidió hace seis meses, y ahora me invita a su casa porque dice que yo era como el hijo que nunca tuvo. Probablemente lo decía porque yo era de las únicas personas que escuchaban sus historias de grandeza y juventud, mucho antes de que le creciera la panza, quedará calvo y tuviera una esposa que lo exprimiera.

Cinthia, su hija, abrió la puerta con una sonrisa, me guió hasta la sala y desapareció. Barajas no perdía el tiempo, me recibió con un tequila y no tuve más remedio que beberlo. Después de una platica poco interesante, y definitivamente nada profunda, donde resaltó lo “madreado” que me veía y lo mal que me sentó el despido, me invitó a ir a su despacho.

Barajas no era el típico jefe que uno tiene en una oficina, mucho menos en un área de auditoria. Barajas era el hijo rebelde de un político, adicto a los trajes caros y a los relojes aun más caros, alcohólico desde los quince años y la decepción de su padre por negarse a seguir sus pasos y escoger un trabajo de horario fijo, una “vida pequeña y miserable”, como solía decir su padre.

Probablemente las palabras de su padre fueron las que lo orillaron a tener una gran colección de armas desplegadas en aquella enorme oficina, la mayoría de ellas regalos de políticos, amigos de la familia.

(Continuará...)

1 comentario:

  1. me gusta muccho la descripción, sobresale bastante pero no vayas a descuidar la historia

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